Psicología, ¿cuándo serás mía?

Para quien no lo conozca, el título de esta publicación está inspirado en una broma típica del presentador del concurso de preguntas Ahora Caigo, Arturo Valls, que aprovecha cada palabra de fonética similar a la de “psicología” para cantar “¿Cuándo serás mía?”, acompañado del público.

psicologíaPero esta entrada no tiene absolutamente nada que ver con dicho programa, sino con la psicología en sí. Cómo me atrae este tema, cómo me vibra algo por dentro cuando pienso en su inmensidad, sus posibilidades, su iluminación y constante investigación hacia el comportamiento humano.

A mis 18 años, la idea de estudiar psicología, si es que existía en mi cabeza, se encontraba brutalmente sepultada por la indecisión y la tendencia “cómoda” hacia el periodismo al gustarme escribir, leer y viajar y no agradarme las matemáticas (lo cual eliminaba de un plumazo cualquier interés en carreras de ciencias). Esta historia ya está contada, así que os dejo consultarla si no la conocéis aún: DECISIONES TOMADAS (I): PERIODISMO.

El tema es que desde que perseveré en mi decisión de estudiar periodismo, de vez en cuando, a veces con años y años de margen, me ha venido el antojo, impulso, ansia, yo-qué-sé-qué, por estudiar la carrera de psicología. O más bien la fascinación e interés hacia ella, vamos a dejarlo ahí. Y me parece un poco absurdo cuando no he abierto un libro de psicología en mi vida, o al menos de lo que yo consideraría “psicología pura”, de la idea que tengo de ella. Aparte de algunas charlas motivadoras y unos pocos libros para pensar, que no entran dentro de la concepción que tengo de este universo, cero patatero. Ahora acabo de empezar “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” de Marián Rojas Estapé y, solo con leer los títulos del índice, ya me ha entrado la fiebre. Ese subidón que tenía enterrado, otra vez ha saltado por los aires.

¿En qué quedará? Seguramente en nada, porque por ahora no estoy proyectando más que eso: fiebrones espontáneos que se van tan rápido como llegan, aplacados por la rutina, las responsabilidades, la pereza, la falta de dedicación y de elección. El no saber si realmente quiero eso. Qué coñazo, en cierto modo, esto de tener tanta libertad a la hora de decidir algo. Más dudas te entran, sobre todo relacionándolo con el nivel de disfrute que estimas que te va a proporcionar, como si todo lo que valiera la pena en la vida no costara sudor y lágrimas en ciertos momentos.

lupaHe compartido mi inquietud con un par de amigos inmediatamente. A otra, le he preguntado con qué universidad estudia su pareja la carrera, y allá que me he metido (bendito y maldito Internet) a mirar el programa y características. No me he cansado ya pero mi impaciencia me puede. He parado, me he dado una vuelta por la casa (que fuera ya sabemos que ahora no se puede con el covid-19, a.k.a. coronavirus), me he guardado los enlaces en los favoritos del navegador (cómo me gusta crearme marcadores y organizarlos por carpetitas), me he dicho que iba a mirar todo tranquilamente y a la vez ya me ha abrumado la idea de meterme en tal aventura, el tiempo que consumiría, la lógica que tendría explorar previamente cursos o contenidos más livianos que una carrera, no vaya a ser que luego me arrepienta.

¿Hasta qué punto el arrepentimiento depende de las circunstancias o de uno mismo? Es decir, ¿puede la inseguridad momentánea abatir algo tan fuerte como una decisión bien tomada? Es decir, si uno elige con todo su ser el hacer algo, un proyecto de larga duración (o corta), no debería tambalearse la consecución del mismo si ese uno se convence de que es lo que quiere hacer a pesar de las dificultades, desencantos y expectativas, esas pequeñas traicioneras. ¿Tiene uno derecho a cambiar de gustos, de intereses? Por supuesto. ¿Podemos basar nuestra vida en ello? Creo que es posible pero se corre un alto riesgo de ser infeliz a base de no agarrarse a nada, de pasearse por la superficie sin profundizar, sin bucear hasta el fondo. Un coral inmenso perdido al primer atisbo de un tiburón (figurativamente hablando, por supuesto; hacedme el favor de salir por patas si se da el caso real).

Qué entretenido este debate. Se nota que tengo más tiempo libre medio currando desde casa en estos delicados tiempos y ahorrándome, consecuentemente, tres horas diarias de ida y vuelta a la oficina. Por fin me he terminado mi segundo libro en francés, Rien ne s’oppose à la nuit, de Delphine de Vigan. Una buena novela, profunda, trágica, que invita a la reflexión, la compasión, al horror a veces, a sonrisas en otras.

psicología cerebroLeer, esa actividad que considero obligatoria (para mí misma) y de las que abandono con más facilidad. Escribir, tres cuartos de lo mismo. Me ha hecho ilusión imaginarme estudiando psicología y abriendo un nuevo blog para compartir conocimientos e impresiones. Y ayudar a gente, entenderla mejor, proporcionarles herramientas para que mejoren su calidad de vida. Encuentro este mundo realmente fascinante… cuando no entra en juego la mala práctica, el hastío, la repetición de un caso y otro y, por tanto, el aburrimiento, el que te importe menos la persona al otro lado. O que te importe demasiado y acabes herido, como llevo marcado de mi anterior trabajo en atención al cliente (no psicológica obviamente pero ese curro sí que es una terapia de choque), impotente o mosqueado durante horas al no haber podido satisfacer las necesidades de una persona. Aunque el 95%  de tus clientes acabaran contentos, cómo jodía ese 5% restante

Supongo que una carrera como la de psicología te proporcionaría herramientas para superar esos casos en los que lamentablemente no puedas “salvar” al paciente. O quizás no, y adquieres esa inmunidad sobre la marcha, con la práctica. Porque si algo aprendí tras estudiar periodismo es que no tienes ni puñetera idea de cómo funciona el mundo laboral hasta que realmente metes la cabeza en él, no importa la cantidad de clases y de estudios que hayas seguido. Al menos en el formato en el que yo estudié, época pre-grados. Última generación obteniendo licenciaturas. ¿Me hará eso un poco vieja?

He calculado que si me metía a estudiar psicología este año escogiendo la mitad de créditos cada semestre (que ya es bestia cuando se está currando, porque no es opción dejar de tener ingresos), debería tener la carrera terminada antes de los 40. Teniendo 31 años, me aturde un poco imaginarme una empresa así. Este conocido vértigo me lleva a plantearme si no debería intentar encontrar estudios intermedios, formaciones que no supongan comerme un grado sino ir “más al grano”. Y me rallo infinitamente solo pensando en tratar de investigar posibilidades y que alguna me convenza, balancear si será válida o no, si merecerá la pena, qué quiero hacer de mi vida dedicándome a eso, qué busco.

Pensamientos a borbotones rebotando de un lado a otro de esta pelota mental, entrelazándose, repeliéndose. Caos sin comienzo ni final. Pero con un núcleo a explorar, a comprobar si se limitará a encenderse y a apagarse cual mecha cada varios años mientras la vida continúa o si se materializará alguna vez antes de que me convierta en cenizas. Sea como sea, de una cosa no hay duda: será mi decisión y mi responsabilidad.

Project Management, o Dirección de Proyectos en cristiano

Iba a continuar contando mis experiencias profesionales en la línea cronológica que estaba siguiendo pero claramente no me está funcionando al haber publicado el último post el pasado 30 de mayo, hace nada más y nada menos que medio año. Aquel día, os hablé de mi experiencia en Londres. A continuación, venía mi máster en marketing, ventas y digital business. Empecé ese post hace unos meses, de hecho. Pero ahí me quedé. No sé si lo completaré alguna vez pero en este momento me da una pereza máxima. Nunca he sido una bloguera disciplinada. Siempre he escrito por impulso o, como me gusta decirlo, “por venazo”. No se me da bien forzarme.

Y en este momento me ha entrado el venazo por hablar de una asignatura que tuve en el posgrado de dirección de empresas que hice en California (del que aún no he hablado en este blog). ¿De dónde me viene la motivación? Pues de una encuesta que hace un mes me enviaron desde la universidad en la que asistí a dicho posgrado, la UCR (Universidad de California, Riverside). Soy tan cumplida que he dejado en el Gmail el email del responsable del programa en “no leído” hasta que me he puesto por fin a responder la encuesta, ¡con lo que me molestan las cosas pendientes! Y una de las preguntas inquiere en lo que aprendí. He empezado a responder que más que aprender, principalmente reafirmé conceptos que ya conocía de comunicación y liderazgo hasta que me he acordado de una de las asignaturas trimestrales que tuve: “Dirección de Proyectos”.

project management

Una optativa. Bendita elección. La escogí porque no sabía cuál coger y me la recomendaron, no tenía ni papa de lo que me iba a encontrar. Y no solo estuvo genial por lo interesante del tema en sí sino porque el profesor era (y es) espectacularmente bueno en su forma de explicar, su honestidad, su transparencia y naturalidad, su experiencia propia como director de proyectos trasladada a la clase, su capacidad para mantener la atención de los alumnos a través de historias y casos reales.

Si en otra vida hubiera sabido sobre esta posible dedicación más joven, quizá me habría metido en ello. A aquellas alturas del cuento, con la carrera de periodismo & comunicación audiovisual, un año y medio largo trabajado en Londres en operaciones, el máster y prácticas de marketing y 25 tacos a cuestas, no me daba el interés para intentar hacer carrera en otro campo diferente de los conocidos, o los propuestos (como mi querido márketing en aquel momento).

Tampoco sé si a los 16-18 años, esa desafortunada época en la que has de decidir a qué dedicarte para el resto de tu vida (¡JÁ!), me habría llamado la atención el mundo del project management. Lo mismo da: no soy de liarme con hipótesis hacia el pasado, les faltan demasiados cabos como para creérmelas y me canso antes de llegar a montarme toda una vida paralela cual película “El Efecto Mariposa”, con sus desencadenantes y consecuencias. Porque eso es lo que necesito para visualizar otros rumbos propios, soy incapaz de decir algo como “si hubiera estudiado dirección de proyectos…”. Yo qué sé qué hubiera pasado, dónde estaría, qué andaría haciendo. No puedo, es absurdo. Es pa’ ná.

project management post-its

El caso es que un director o responsable de proyectos es una profesión a menudo de autónomo. Porque trabajas sobre proyectos, claro, y si algo los caracteriza es que tienen un principio y un final. Puede que una empresa salte de un proyecto a otro eternamente (un estudio de arquitectura, por ejemplo) pero otras no funcionan así o no todo el tiempo. El caso es que la temporalidad de los proyectos convierte a menudo al director de proyectos en un autónomo y, para bien o para mal, tengo relativamente comprobado que prefiero la comodidad y seguridad de currar para otro. Al menos mientras la opción autónoma no me compense por tiempo, dinero, falta de interés, de conocimientos o de medios y esa maraña de motivos que cuesta poco encontrar. No me quita el sueño. Claramente hay que estudiar muchísimo más para ser un pro de los proyectos que una asignatura trimestral.

Dirección de proyectos. Es realmente fascinante. Es organización pura de recursos a lo largo de un tiempo limitado para obtener los resultados que se quieren. Es un análisis de dichos recursos para realmente comprobar si los resultados son alcanzables o más fantasiosos que Papá Noel, en cuyo caso hay que bajarles los humos tanto a esos objetivos como a aquellos que los han creado. Es asesoramiento, supervisión, seguimiento. Planificación. La red del éxito. Literalmente. El sostén de los objetivos de, si no todas las empresas, muchas. Al menos de las más estrategas, de las que tienen que hacer un esfuerzo especial por sobrevivir entre sus competidores. Vale, todas deben hacer esto, pero no es lo mismo por ejemplo una consulta médica que una agencia de publicidad, o un colegio que un hotel, o cualquier servicio que tenga una clientela bastante más asegurada por su propia naturaleza que otro que dependa más de sí mismo que de las necesidades externas para venderse.

números

Lamentablemente para mí y mi falta de seguridad y experiencia en este aspecto, una parte bastante importante del project management es el manejo de los números. Obvio. Hay que saber leer y entender de manera ágil y concluyente las cifras, estadísticas, cuentas, cálculos. Cosa que me parece básica en cualquier cargo de mayor responsabilidad para el bien de una empresa que se pretenda sostenible. Hay gastos y ganancias, presupuestos y estimaciones por doquier. O debe haberlos, ¡nada como los datos y la anticipación para contar con una ventaja competitiva! Mira que me gustaría enfrentarme a ellos (a los números) e interpretarlos sin miedo, vacilarle al Excel y a sus tablas, gráficos y lo que me eche. Pero hoy por hoy no es el caso, mi tendencia tira más hacia escabullirme. Y la sapiencia en esto, como en todo, solo se consigue con práctica. Otra razón más para que aquella asignatura prevalezca como un bonito recuerdo.

Las habilidades interpersonales tienen también un enorme peso en la dirección de proyectos. Ojo, ¡no soy ninguna experta! Esta publicación está resultando en una mezcla de lo aprendido, lo recordado y lo interpretado. No es ninguna guía ni una fuente de información, sino una mezcolanza verbal de las mías. Continúo: como director de un proyecto, has de relacionarte al cien por cien con las personas implicadas en el mismo, interrogarlas, comprenderlas, sacarles punta, ganártelas. Ponerlas en su sitio cuando haga falta. Al menos eso entendí como fundamental. Debe de ser tan difícil como apasionante el hacerte hueco en una compañía a donde llegas desde fuera para coordinar a la gente sin ser su jefe. Ni siquiera el que te ha contratado es tu jefe (desde el punto de vista del project manager autónomo), pero por supuesto has de responder hacia él de tus análisis y progresos.

En fin, todo un mundo bastante curioso. ¡Qué importantísimos son los instructores a la hora de meterte el gusanillo del aprendizaje! Agradezco desde aquí su labor lectiva al profesor Michael P. Toothman, quien me impartió aquella asignatura de Project Management en la UCR. Un pepinaco de educador. Y también, descubierto más tarde por los azares del Internet, comparto mi admiración hacia Chris Croft, otro crack de formador con un porrón de cursos diversos online, uno de ellos de dirección de proyectos también. Con él, todo parece fácil de entender, aprender y poner en práctica, es una maravilla. Y es tan fan de los diagramas de Gantt que hasta ha creado su propio rap (en inglés) sobre esta herramienta gráfica de planificación.

¡Gracias, educadores apasionados del mundo!

Mi salto al extranjero: Londres

London Calling

Al no encontrar trabajo en Madrid después de graduarme de Periodismo + Comunicación Audiovisual, se me metió en la cabeza la idea de irme a Londres. Investigando por Internet con la ayuda de mi hermano mayor, di con una agencia dedicada a buscarte prácticas según tu perfil y nivel de inglés: A London.

Como es natural, mi nivel no me daba para dedicarme al periodismo (ni me lo dará nunca: hablamos de escribir como un nativo), así que acabé haciendo unas prácticas como Admissions and Customer Service Executive (Ejecutiva de Admisiones y Atención al Cliente) en Twin Group, una escuela de inglés y agencia de prácticas. Mi puesto consistía fundamentalmente en pasar las reservas de cursos o prácticas al sistema de la empresa. En menor medida, participé en otras actividades como revisar presupuestos, actualizar tarifas de servicios, traducir algún folleto o entrevistar a candidatos.

Fue una experiencia realmente iluminadora y productiva a la hora de demostrarme a mí misma que podía asimilar conceptos y procesos y ponerlos en práctica con bastante diligencia en un idioma que no era el propio. Todo esto tras los periodos de formación correspondientes y necesarios, claro.

Las comunicaciones por correo electrónico eran continuas, por lo que aquel trabajo me aportó una sólida base en la comunicación escrita en inglés profesional, que no es moco de pavo. Parece obvio cómo hay que empezar, estructurar y terminar un correo electrónico formal pero, como muchas cosas en la vida, no te sale con fluidez y confianza hasta que lo ves una y otra vez. A partir de ahí, bastante rodado :D.

inglésEso sí, no abrí la boca durante el primer mes de prácticas. Por muchas clases y cursos de inglés que hubiera dado desde pequeña, me costaba enterarme de lo que la gente decía y proyectar con agilidad lo que quisiera decir, y eso que la plantilla era totalmente internacional; no es que tuviera el acento puramente británico por doquier. No sabría decir cuándo empecé a soltarme, pero aún me emociona pensar en la sensación que experimenté cuando, un día cualquiera, tomé conciencia de que podía comunicarme con fluidez en inglés. Una sensación alucinante e indescriptible.

Guardo mucho cariño hacia el equipo que tuve, formado por dos portuguesas, una francesa y una polaca. Era un grupo súper colaborativo entre sí. Buenas personas, dedicadas, profesionales. Miraban por las otras, se cuidaban. Principalmente una de las portuguesas me formó en sus tareas y siempre respondió a mis múltiples preguntas con una amabilidad y sonrisa genuinas que me llegaron al alma. Aquella forma de instruirme e integrarme supuso un apoyo fantástico en medio del torrente de cambios que conllevó mi salto a Londres.

El primer mes resultó especialmente difícil. Visualizo mentalmente mi llegada a Londres en febrero de 2012 con dos maletones, nieve por doquier y tratando de orientarme y coger los medios de transporte adecuados. Pasé la primera semana con una familia inglesa a falta de disponibilidad en una residencia. Creo que me eché a llorar la primera noche. Supongo que descargué el estrés de los últimos meses de búsqueda y de incertidumbre, y de estar fuera de mi zona de confort y haber decidido embarcarme en una aventura tan dispar a lo que había vivido hasta entonces.

Durante esa semana con la familia inglesa, recibí un email de una residencia de Elephant Castle (zona medianamente céntrica pero no por ello buena y a 45 minutos en metro de mi lugar de trabajo) comunicándome que cerrarían para abril, es decir, al mes y poco. Agobio máximo. Afortunadamente, mi agencia española actuó rápido y me encontró otra residencia, sorpresa sorpresa: ¡a 15 minutos andando de mis prácticas! Una maravilla. Así que lo que pareció un contratiempo se convirtió en una gran ventaja, en un ahorro buenísimo de tiempo y dinero, lo que para mí se traduce en calidad de vida. No es lo más importante pero condiciona por completo tu rutina diaria.

Breve inciso para comentar otro trabajo que tuve a caballo entre mis últimos meses en España y primeros en Londres: redactora por cuenta propia para una empresa de formación en construcción, Forme Cefortec. Redacté los contenidos y estructuré para ellos un catálogo y también revisé y corregí los textos de su web hasta que decidí dedicarme por entero a mi vida en Londres y finiquité aquella relación laboral. Aunque corta (de unos seis meses) e intermitente, mi colaboración con ellos me motivó a crear algo desde prácticamente cero y sin apenas supervisión, potenciando mi disciplina, creatividad y autonomía. Me proporcionó un pequeño ingreso y un chute de satisfacción por la confianza puesta en mí.

Volviendo a la etapa británica, tras los primeros tres meses aproximadamente comencé a sentirme más cómoda, estable y segura de mí misma entre los conocimientos adquiridos del trabajo y de la empresa, la creación de vínculos con compañeros y amistades y, aunque parezca una tontería, empezar a llevarme comida de casa a la oficina con regularidad. Tanto por salud como por dinero, sinceramente esto último contribuye a mi bienestar personal. Oh, y por supuesto un gran punto a favor de mi auto-realización fue dejar de depender económicamente de mis padres gracias a una reducida remuneración laboral y a una beca que conseguí destinada a personas de prácticas en el extranjero (Beca Argo). Hasta esto me emocionó: nunca había recibido ninguna beca.

Sí, recuerdo el paso de mis prácticas de nueve meses como una experiencia que, si bien comenzó de forma caótica y agitada emocionalmente, se volvió agradable y confortable. Así continuaría por otro año más, con sus más y sus menos a la vez que exploraba la ciudad y su gente, ya que al cabo de las prácticas me contrataron como Operations Assistant (asistente de operaciones). Durante la temporada alta, había hecho un buen trabajo reservando excursiones y visitas a tropecientos grupos, así que este nuevo rol conllevaba más funciones de este tipo, aunque continué ayudando al equipo de Admisiones y a otros. Hasta creé una guía de operaciones con todo lo que había aprendido. Me auto-gestionaba como quería y disfrutaba de ello…

Hasta que comencé a aburrirme. O más bien a cuestionarme el tipo de labor que estaba haciendo y lo que me llenaba. La comodidad del trabajo conocido se me antojó insulsa, insuficiente, conformista. Sumado a ello, empecé a saturarme de Londres, una ciudad con mucho movimiento de personas y, consecuentemente, con relaciones a menudo perecederas. Y largos inviernos. Creo que se me quedó grande y pequeña a la vez, no me veía más allí, echaba de menos a mi familia, se me metió el gusanillo de dar otro salto por el extranjero… Una mezcolanza en un momento existencial de esos en los que te sientes perdida y estancada en la monotonía.

monotonía trabajo

Un ERE a principios del verano de 2013 me lo puso a huevo para abrir paso a un periodo de reflexión. Necesitaba analizar mi carrera y redirigir mis pasos profesionales para tratar de no ir dando tumbos de un curro a otro. Me surgió interés hacia el mundo del márketing y vi la luz al encontrar un paquete formado por un máster de márketing de la UNIR Business School de Madrid (¡qué ilusión volver a la capital!) + un posgrado en dirección de empresas en Riverside (California) + un año de permiso de trabajo en los Estados Unidos.

El verano se pasó rápido en la capital británica entre salir despavorida de unas prácticas en las que me dediqué durante dos semanas a traducir artículos de cotilleo (claramente no es lo mío) y un curso de francés al que me apunté por mantenerme activa, sin mayor pretensión. Y ahora vivo en Marsella…

En conclusión, en Londres pasé con mucha intensidad por todas las fases laborales: los retos del comienzo, la toma de control y subidón correspondiente, el periodo en la zona de confort y el decaimiento de la motivación. Aprendí nuevas tareas laborales, tecnologías y formas de hacer las cosas; adquirí capacidades profesionales y disfruté del camino del verdadero trabajo en equipo, así como experimenté los conflictos procedentes de la falta del mismo. Y quizá lo más importante: tomé conciencia de cómo la comunicación y el entendimiento entre individuos y grupos son claves para mantener un espacio de trabajo saludable.

De prácticas al desempleo y tiro porque me toca

informe prensaTras mis primeras prácticas y el final de mi doble licenciatura de periodismo y comunicación audiovisual, pesqué otras prácticas en FJ Communications, agencia de comunicación. Aprendí a buscar noticias en una base de datos y a incorporarlas en un informe de prensa destinado a enviarse a diario a Google. A su vez, tomé el mando de las redes sociales y el blog de un restaurante argentino situado en San Sebastián de los Reyes, al norte de Madrid.

No recuerdo muchos detalles pero tengo la sensación de que fue una época apacible. Me levantaba temprano, pasaba una hora en transporte público, que aproveché para leer bastante; trabajaba en la agencia unas cuatro horas y pico y vuelta a casa a comer, a echarme la siesta (poco más se puede hacer en verano en Madrid a las 4 de la tarde) y a quedar con amigos. Un tránsito agradable entre los estudios y el mundo laboral y aprovechando la oferta cultural de la capital, muy agradecida tras haber pasado cuatro años en el pueblo de la universidad, Villaviciosa de Odón. Un trimestre sin euforia ni atascamiento profesional, progresivamente entretenido. Y sin prolongación de mi contrato, cosa que no acogí con gran pesar. Supongo que era suficiente así; que, si bien había estado a gusto, no me iba la vida en quedarme.

Sí que tuve una comunicación más cercana con los compañeros que en la empresa anterior. Seguramente contribuyó el hecho de ser solo seis personas. Eso me gustó, fue una especie de primera vez en la vida, en este caso de crear vínculos relacionales algo más profundos en el ámbito laboral. Por lo demás, creo que me sentía cómoda en mi papel del último mono y experimentando para ganar seguidores en redes sociales, lo cual conseguí poco a poco. Esto me provocaba satisfacción pero me parece que comencé también a desencantarme hacia ese tipo de labor, que tenía bastante idealizada y ha terminado por resultarme un peñazo. No dudo de que dependerá del tipo de negocio, posibilidades creativas y económicas y conocimientos de marketing online, que tampoco es que estuviera puestísima ni aún había tanto boom con el SEM, SEO, etc. Personalmente, incluiría como requisito la paciencia y perseverancia, ya que los resultados más relevantes de este tipo de marketing se ven a largo plazo. Personalmente, me atraen más las actividades más dinámicas y de relación directa con personas.

Me llevé bien con el equipo en general. Me gustaba el paseo del descanso que hacían un par de ellos. La lié un poco parda un día enviando un email a un porrón de contactos que deberían haber estado en copia oculta, pero no me echaron la bronca. Me sentí mal igualmente, mira que tenía bien apuntadas las instrucciones en un cuaderno… No hubo más meteduras de pata. Tampoco tenía tantas responsabilidades como para ello, cosa normal recién licenciada, sin ansias de poder y aún considerablemente tímida.

No se me ocurre mucho más que decir de estas prácticas en concreto. ¡Ah! Importante: me permitieron pagarme el alquiler, la remuneración mensual era de €400. Tras los €200 de la empresa anterior, en aquel momento supuso todo un avance. Al terminarlas, traté de encontrar trabajo de periodista. Ya no podía acceder a más prácticas al no ser estudiante. Participé en algún proceso de selección. Me acuerdo de estar haciendo una especie de examen con preguntas de cultura general en una sala con mogollón de gente y sentirme poco culta. También visualizo una prueba radiofónica y una sensación más positiva, pero tampoco me cogieron.

no experience no jobVamos, que no encontré nada. Supongo que entre la falta de experiencia, el cierre de muchos medios de comunicación a causa de la crisis y las dificultades en sí para introducirse en este campo, era lo que tocaba en el otoño del año 2011. Mientras buscaba, me metí a un curso de inglés intensivo para sacarme el C1 y comencé a mirar másters de universidades londinenses. Me entró el gusanillo de pirarme al extranjero en medio del hastío hacia mi país natal y el trabajo que no me estaba dando. Una más entre cientos de miles de emigrantes españoles.

No obtuve el C1 por un maldito punto. No me he vuelto a presentar a ningún examen más de idiomas y así procuraré seguir. Me toca los coj**** que la consecución de un certificado determine tu capacidad para comunicarte en otro idioma. Mientras no sea estrictamente necesario, no se llevarán mi dinero. Afortunadamente, en un trabajo en condiciones te hacen las pruebas pertinentes en lugar de pedirte titulitos.

A su vez, una universidad británica tardó semanas en responderme a cada email que les mandé para finalmente concluir que no cumplía con los requisitos para hacer su máster periodístico, ya no recuerdo de qué exactamente. Así que, de vuelta a Jerez por Navidad y desesperada ante la falta de una ocupación que la Universidad Europea de Madrid me había vendido muy bien (ingenua de mí, ni les culpo por marcarse ese gol), pedí ayuda a mi hermano mayor, muy apañado siempre para encontrar cosas, quien me ayudó a dar con una agencia que te buscaba prácticas y alojamiento en Londres. Pero esto ya queda para otro capítulo.

Lo que está claro es que, sin apenas darme cuenta, me preparé para dejar España. Calculo que, primero, de manera inconsciente y luego de forma cada vez más proactiva. Debe de haber muchas visiones hacia este tipo de salto: aventura, cobardía, abandono, deseo de cambiar de aires, aprendizaje, escapada. Si hubiera encontrado trabajo en Madrid, me habría quedado, como muchos otros. Aunque no sé si el gusanillo del extranjero habría surgido más tarde. Poco importa ahora, ocho años más tarde y residiendo en mi cuarto país consecutivo. Anda que me lo habría creído si en aquel momento me hubieran dicho que iba a vivir en Londres, California, Berlín y Marsella. Que vaya lujo, ahora que lo pienso, con el afán de algunos por dividir y clasificar a las personas a base de muros fronterizos… Qué poca memoria histórica y qué falta de humanidad. Es lo que tiene la combinación de la ignorancia y el egoísmo, entre otras cosas.

Conclusión: me agarré a lo que pude y aprecié el tiempo dedicado y experiencia adquirida en FJ Communications, pero diría que aquella opción me sirvió más bien para descubrir algo a lo que no me interesaba dedicarme. Cosa totalmente válida, utilizada como argumento frecuentemente que, sin embargo, no me satisface. Demuestra lo poco incentivada que estaba para ir a saco a por algo que realmente me motivara, para tomarme el margen necesario para auto-conocerme y decidir el camino a seguir, costara lo que costara.

O quizá sí que lo tenía claro pero las circunstancias no eran propicias: lo que pensaba que me interesaba más era escribir (de manera remunerada, claro). Pero no me dieron la oportunidad. O no me conformé con el tipo de redacción de, por ejemplo, mis prácticas en facilisimo.com. Sí, creo que fue algo así como una falta de pasión intrínseca acompañada de una situación laboral pésima, inconformismo marca Millenial y falta de arrojo profesional y auto-explorador. Un “me busco las papas pero sin mirarme por dentro”.  Investigación externa a tope (vacantes, prácticas, másters, webs) y muy poca interna. Así, normal que haya surgido este blog.

De cualquier forma, no me arrepiento de nada. Cada cosa a su tiempo 🙂

Decisiones tomadas (II): primeras prácticas

Terminé la doble licenciatura de periodismo + comunicación audiovisual en 2011. Mi experiencia práctica al cabo de la misma, fuera de los no pocos ejercicios y proyectos de la carrera en sí, se limitó a unas prácticas como redactora online en facilisimo.com en mi último año de estudios y a otras como asistente de comunicación corporativa en FJ Communications y responsable de redes sociales para un cliente de esta agencia, concretamente un restaurante argentino situado al norte de Madrid.

Analizando el porqué de estas prácticas, lo primero que se me viene a la cabeza es que no había muchas opciones en la bolsa de prácticas de la universidad. O quizá sí, pero entre aquellas que no te cogen y todas las descartadas por desviarse de los intereses de una misma, la cosa se reducía bastante. Yo quería escribir, lo cual excluía de un plumazo todo lo que no incluyera esta labor, y me entró gran urgencia por encontrar algo. En mi cuarto y último año de la carrera, percibo que debió de atacarme el agobio hacia no tener ni idea de cómo era el mundo laboral, así que me lancé a por mi primera experiencia profesional.

trabajoMe hizo mucha ilusión cuando me contrataron en facilisimo.com, una revista-foro virtual con un porrón de secciones temáticas. Qué maravilla sentirte aceptada, querida, apreciada, elegida sin que apenas te conozcan, solo por lo que han percibido o visto en ti superficialmente. El efecto no dura mucho pero bueno, no vamos a quitarle encanto.

Expresé mi preferencia hacia la temática de ocio para escribir. Me encargaron artículos para las secciones “padres” y “manualidades”. Supongo que fue de las primeras lecciones de vida: una cosa es lo que te gustaría hacer y otra, muy distinta, las necesidades de la empresa. No viví esto con más que una fugaz mini-decepción que se me pasó en cuestión de segundos ante el deseo de integrarme y aprender. Porque, por muchas cosas que se trabajen en la universidad de manera práctica y por mucho que te digan que te imagines que estás ejerciendo como ahí fuera y que incluso te corrijan bajo ese nivel de exigencia, el mundo laboral es otra cosa. Mi falta de experiencia, juventud y timidez se me comían bastante por aquel entonces a la hora de relacionarme pero asumo que hice bien mi trabajo, que les gustaba cómo escribía, y conocí gente simpática, aunque no hice ningún amigo en sí. Tampoco me dio tiempo en los tres meses que duré hasta decidir dejarlas: me agobié entre las prácticas y las clases. Y a su vez, la verdad sea dicha, me cansé de escribir sobre padres y manualidades.

Recuerdo que participé en el juego del amigo invisible y disfruté de una salida en grupo en la que hablé más de lo habitual (esto destaca porque, insisto, era bastante tímida en ambientes nuevos) y de un concierto de reggae-rap en la oficina con motivo de la época navideña. Ahora caigo en que “miento” con que no hice ningún amigo: seguí a esta banda por Facebook y el contacto con ella me facilitó encontrar una habitación de alquiler en Lavapiés, pleno centro de Madrid, tras terminar la carrera. Pero esto ya vendrá más adelante.

En el juego del amigo invisible, lo ideal era ir dejando pistas en la pared de la cocina para que adivinaran quién eras. Creo que no colgué ninguna, me daba muchísimo corte y no se me ocurrió nada. A mí sí me dejaron pero aún así no acerté: le toqué a mi jefa. Con quien, por cierto, tuve una conversación más cercana de lo esperado en la fiestecilla navideña en la oficina. O sea, considerablemente confidente para el tiempo que hacía que nos conocíamos. Quizá le di esa confianza, quizá necesitaba ella expresarse y, a veces, resulta más fácil con semi-desconocidos. Tal vez una mezcla. De cualquier forma, es de esas anécdotas que te recuerdan que todos somos personas, que todos estamos en el mismo barco existencial no importa el rango, la jerarquía, la edad, la procedencia ni nada.

¿Por qué comento todo esto, estos detalles? Porque creo que forman parte del crecimiento personal y del descubrimiento del mundo laboral. Lo ponen en su sitio, lo elevan al lugar que le corresponde tras la universidad, una burbuja cómoda y protegida, y lo desmitifican a partes iguales. Por primera vez, vi cosas tan simples y, a la vez, complejas como la manera en que se relacionaban los compañeros, cómo se repartían los equipos y se estructuraba una empresa, cómo esta integra a los empleados en ciertos eventos según la época del año. Cómo vive cada persona su trabajo, cuánta ilusión les hacía. Qué barato le resulta a una empresa tener becarios haciendo un trabajo normal y cobrando 200 euros… Cosa que en ese momento asumes y normalizas, claro; si no, ni te lo plantearías ni existiría ese tipo de puestos.

empresa

Recuerdo a una chica muy risueña que redactaba para la sección de belleza y a la cual se le promocionó. No sé si lo supe por Facebook, Linkedin o dónde. Me alegré honestamente por ella a pesar de no haber hablado gran cosa; es de esas personas que te dan buenas vibraciones. Me pregunté si me habría pasado igual de haber seguido allí. Y la duda me duró muy poco tiempo: no tenía relevancia. La vida y mis decisiones me llevaron por otros derroteros. Las hipótesis son inútiles y afortunadamente se me da bastante bien dejarlas a un lado, y no tanto porque no tengan sentido o no sean tentadoras sino porque, a la hora de pensar en una circunstancia hipotética, necesito imaginarme absolutamente todos los detalles desde su origen y causas hasta sus particularidades para tomármela en serio, para verla factible. Vamos, crearme una vida paralela cual Ashton Kutcher en la película El Efecto Mariposa. Como esto es demasiado enrevesado de hacer mentalmente, mi espíritu ignora la productividad del intento y a otra cosa, mariposa, que bastante cuesta centrarse en el aquí y el ahora como para inventarse otras vidas imaginarias.

Decidir dejar una empresa me parece un paso importante. Digamos que consiste en entrar en lo más profundo de ti mismo, invitarte a hacer un análisis de la situación y prepararte para asumir las consecuencias, sean como sean. Cuestionarse. Ganar y perder, como en toda elección vital. Y era la primera vez que lo hacía, al igual que era la primera vez que entraba en una empresa. No me costó mucho trabajo irme porque así lo sentía. Creo que funciono bastante por intuición y bienestar interior, que no es lo mismo que por estado de ánimo. No necesito estar el cien por cien del tiempo satisfecha y feliz en mi jornada laboral, no me parece una perspectiva realista ni sana hacia el trabajo. Pero necesito un mínimo, y perdí la conexión entre aquella experiencia y mi camino y rompí con ella de manera muy natural, sin drama ni estragos. Con un poco de impaciencia las últimas semanas, supongo que como en todo proceso en el que el final se aproxima y ya tienes la cabeza más fuera que dentro, en el siguiente paso. Recordemos también que era muy joven y eran unas prácticas: tenía toda la vida por delante, no sufría ataduras, no era “el trabajo de mi vida”. Elegí dar más tiempo a los proyectos de la uni y a mí misma. No sé si escogí el camino más fácil o difícil. Supongo que es relativo. No sé qué habría ganado o perdido siguiendo allí ni lo sabré nunca ni tengo la más mínima necesidad de planteármelo. Es pa’ ná.

Creo que fue una buena introducción al mundo laboral. Una labor apropiada para mis necesidades del momento, un ambiente agradable y respetuoso, unos compañeros y superiores majetes. Un contacto mínimo con el mundo real antes de terminar la carrera. Un tiro al plato acertado e indoloro en medio del agobio que te entra hacia el final de la carrera por no haber pisado una oficina (hablo de mí, claro). Y también, ahora que lo pienso, la comprobación de que, aunque me guste escribir, no me da el interés para hacerlo sobre cualquier tema durante mucho tiempo. Qué conclusión tan obvia, ¿no? Pues no tanto en aquel momento aunque, ahora que lo pienso, ya debía de haber sentado inconscientemente un precedente el hecho de haber escrito en blogs desde los 17 años a base de inspiración espontánea, o a base de venazos como yo lo llamo.

Desde aquí, aprovecho para dar las gracias al universo por esta primera experiencia laboral. Es increíble todo lo que se puede sacar con solo pararse a pensar y analizar un poco. Qué bonitas y controvertidas son todas esas “primeras veces” en la vida. Estas prácticas estuvieron repletas de ellas, me diera más o menos cuenta en aquel momento. Y mi recuerdo es positivo. Sin fanatismos, sin estrés, sin pasión desenfrenada, con bastante aprendizaje subliminal y mis primeras publicaciones “oficiales” aunque no firmadas: obviamente solo aparecían los nombres de los redactores propiamente contratados. Me está sacando una sonrisa en este preciso momento el repasar aquellos artículos. En mi afán por recopilar y no olvidar, abrí una página en Facebook, Mis facilísimos, para no “perderlos”. ¡Estoy flipando con todo lo que escribí! Era y es ciertamente un portal de gran alcance en línea y con un alto nivel de interacción y de comentarios de usuarios, que no es fácil de conseguir.

Creo que esta aventura bloguera definitivamente va a motivarme a valorar más todo lo que he hecho. Eso sí, mejor no pedirme consejos paternales ni de manualidades porque mi cerebro no ha retenido absolutamente nada. Y bueno, tenía la idea de comentar conjuntamente estas y las siguientes prácticas que hice pero, en vistas de todo lo que estoy sacando, será mejor separarlas.

¡Nos vemos en el próximo capítulo!

Decisiones tomadas (I): Periodismo

La primera decisión importante que tomé en mi vida, desde el punto de vista profesional, fue estudiar la carrera de periodismo + comunicación audiovisual. Siendo honesta, mi motivación principal era periodismo, solo que opté por sacarme las dos al poder hacerlo en el mismo tiempo: cuatro años. Echando más horas al día, obviamente. Recuerdo que éramos unas 7 personas en esta doble licenciatura, en su inmensa mayoría chicas. Según qué asignatura, estábamos solo nosotras o nos juntaban con los de solo periodismo y/o los de solo comunicación audiovisual y/o con los de periodismo + comunicación audiovisual + publicidad. En la triple licenciatura había como treinta personas. Sigue sin ser gran cosa pero impresionaba un poco al ser nosotras tan poquitas en la nuestra.

En fin, el tema es: ¿por qué periodismo? Siempre digo lo mismo: porque me gustaba, y me sigue gustando, escribir, leer y viajar. Y no me gustaban las matemáticas, lo cual descartó de un plumazo las carreras relacionadas con ciencias. Suena algo simplista pero así fue, un ramalazo, un impulso, una intuición. En este sentido, no me he arrepentido. Si me paro a pensarlo, me atrevo a afirmar que, oficialmente, “soy de letras”.

Puedo quedarme embelesada perdida ante documentales, noticias y relatos de amigos relacionados con cualquier rama científica. Pero ya está, ahí me quedo. Esta misma semana he empezado la serie de Netflix 7 Days Out, donde cada capítulo se centra en mostrar los siete días previos a algún evento relevante en relación con distintas disciplinas. Uno de ellos se centra en la investigación del planeta Saturno. Me ha conmovido profundamente ver la pasión de esos científicos hacia lo que hacen, además de la belleza en sí de este tipo de proyectos. Otro ejemplo que se me viene a la cabeza es el de una de mis amigas más cercanas cuya formación consiste, a grandes trasgos, en nutrición y tecnología de los alimentos. Siempre que me cuenta cosas relacionadas con lo que aprende y hace, pienso algo así como: qué interesante todo lo que sabe esta chica. Qué de tecnicismos y movidas que, lamentablemente, mi cabeza apenas retendrá. También está, por supuesto, el hecho de que mis padres sean médico y enfermera. Esto llevaría a pensar que debo de saber mucho sobre el tema, ¿no? Pues mira, ni papa. Me conozco los siete u ocho medicamentos que me llevo allá adonde vaya y santas pascuas. Qué desaprovechamiento de recursos, ¿no?

Yo creo que no. Si no me sale, no me sale. Pero bueno, no nos adelantemos, que aquí estamos para comentar mi primera decisión profesional. Ya llegará un análisis más de acuerdo con el presente tras explorar el pasado, aunque es inevitable ir mezclando ambos. Como decíamos, tuve claro que quería estudiar periodismo. Más por intuición e impulso a raíz de gustarme escribir, leer y viajar y por falta de interés hacia otras cosas que por pasión absoluta e iluminadora. Lo único que me llamaba la atención, y me la sigue llamando, era psicología. Pero solo de pensar en la de morralla que llevará la carrera, me tira para atrás. Morralla para mí, por supuesto, sin ánimo de ofender. Todos sabemos que la morralla es relativa y se encuentra presente en todas y cada una de las carreras habidas y por haber. Aunque nunca sabes cuándo una asignatura que te pareció inútil en su momento puede volverse más tarde algo provechoso.

El caso, que me voy por las ramas: me gustó la carrera. Tengo una percepción positiva. Saqué más o menos buenas notas, como de costumbre, pero sobre todo me volqué plenamente en varias de las materias. En especial por los profesores, la clave del aprendizaje por encima de los temas. Recuerdo principalmente redactar reportajes y artículos de opinión. Y luego, un porrón de más cosas: grabar, montar, entrevistar, leer y estudiar un montón de teoría e historia enterrada a más no poder actualmente. Radio. Tercero de carrera es la radio, crear un programa tras otro cada semana. Fue muy guay. Recuerdo el plató de la uni, aprenderse noticias y tratar de decirlas. Qué fácil se ve en la tele. Recuerdo el buen rollo que me daba y lo interesante que era lo que nos contaba el profe de producción, aunque no visualizo ahora qué rábanos aprendí ahí. Recuerdo la clase de narrativa audiovisual, donde escribimos guiones y aprendimos estructuras. Recuerdo los profes de dirección cinematográfica, uno tipo bohemio que desapareció entre rumores morbosos y otro con simpático acento gallego que se notaba que le flipaba lo que hacía y enseñaba.

Recuerdo una asignatura cuyo nombre no recuerdo como tal pero fue de las que más me gustó y consistía en analizar libros y películas relacionadas entre sí. Leer primero la novela y luego ver la película basada en ella, comprobar hasta qué punto se asemejaba o cogía por otros derroteros. Así leí Trainspotting y Solaris. ¡Ah! Me gustaba la realización, el jugar y elegir qué cámara emite en directo qué imagen. Me acuerdo de “Historia del Periodismo”, tan interesante con sus distintos medios de comunicación y épocas. Y bastante enterrada también, que no me pregunten ahora por esto. Fotografía, bases de diseño gráfico, ética publicitaria… El mundo de los blogs, una asignatura a la que me acoplé sin créditos ni nada (no optaba a más de los que tenía al hacer dos carreras), por puro interés.

Podría seguir un rato haciendo más esfuerzo mental. Pero voy a hacer un stop para comentar que, aunque en su momento Comunicación Audiovisual me resultara un pegote, más por desconocimiento que otra cosa, y nunca haya trabajado en nada relacionado con ello, la verdad es que me hizo disfrutar bastante y conocer a gente estupenda, a profesionales como la copa de un pino y a compañeros muy, muy creativos. Me voy a apuntar para otra publicación la examinación más a fondo de todo lo aprendido aunque haya buena parte olvidado, me ha gustado este ejercicio de rememoración.

Periodismo fue una buena transición al mundo real. Creo que es muy difícil saber a los 18 años lo que quieres hacer para el resto de tu vida y aún hoy no siento que me equivocara a pesar de haber acabado haciendo otras cosas durante la mayor parte de mi vida laboral. En ocasiones, me he preguntado qué podría haber sido de mí si hubiera estudiado psicología o trabajo social. No soy muy dada a enroscarme en historias hipotéticas ni ninguna de estas opciones se me han presentado tan fantásticas como para meterme en ellas posteriormente, así que ahí ha quedado la cosa. Como ya dije en el post anterior: me interesan muchas cosas, me llaman la atención muchas cosas, pero no tanto como para meterme en carreras, al menos por ahora.

Se dice que la etapa universitaria es la más feliz de tu vida. A ver, me lo pasé muy bien pero para mí nada como currar, aprender de verdad en un trabajo cómo funciona el mundo y adquirir capacidades realmente prácticas. Y, por supuesto, ser independiente económicamente y dueño de tu tiempo fuera de la oficina. Firmo una y catorce mil veces más por encima del tiempo de clases y estudio y vuelta a empezar. Otra cosa es estudiar cosas “de mayor” que te interesen mientras te ganas el pan. Chapó por ello, la vida es un aprendizaje continuo y cada cual se lo busca como quiere.

Me alegro de no arrepentirme de haber estudiado lo que estudié. He de seguir aprendiendo a valorarlo como lo que es en lugar de, quizá inconscientemente, tomarme como “inferior” o “menos culta” frente a los formados en otras disciplinas. Creo que ese tipo de concepciones y estereotipos hacen mucho daño, junto al típico y especialmente espantoso que dice que “un periodista tiene que saber de todo”. Sí, hombre, ¿a quién le interesan absolutamente todos los temas? ¿Qué médico controla todas las especialidades? ¿Qué arquitecto diseña todo tipo de construcciones? Esta afirmación me parece una estupidez basada en la ignorancia. Me importan un bledo (para escribir sobre ello) la mayor parte de las secciones de los periódicos. Mándame crónicas culturales y sociales y seré la más feliz del mundo, como pude comprobar en San Diego.

Y aún así, ahí ando con cierta sensación ocasional de “no saber nada” frente a profesionales de otros campos. No es que no sepa nada, obviamente, pero infravaloro lo que he aprendido frente a contenidos más científicos o técnicos, con sus nombres específicos, conceptos e historias. Esto no está bien. Sentirse así. Afortunadamente, no me va la vida ni el equilibrio emocional en ello. No me importan lo suficiente todos esos conocimientos y dedicaciones existenciales. De ser así, me habría dedicado yo misma a alguna de esas carreras o estudios, ¿verdad?

Como último apunte de esta publicación, se me ha venido a la cabeza una de mis amistades más recientes y más intensas. Ella estudió Ciencias Políticas porque quería entender mejor el mundo, no necesariamente para dedicarse a ello. Disfrutó mucho de la carrera y posteriormente ha ido ganándose la vida con distintos trabajos, ninguno relacionado con su formación, según recuerdo. Me gusta eso. Me gusta que cada uno cree su propio camino en lugar de hacer y elegir de acuerdo con los condicionamientos, costumbres e influencias externos. No está escrito el cómo debe actuar cada persona. Cada persona debe escribir su propia historia. Cuanto más actuemos en consonancia y conexión con nosotros mismos, más a gusto nos sentiremos y más fácil será acertar y progresar en la dirección que más nos enriquece y que mejores seres humanos nos hace.

Tengo 30 años y no tengo vocación

no al pánico

O no mucha. Creo que habrá que empezar por esto para desgranar todo lo demás que pueda venir de mí misma.

Muchos temas me despiertan interés, así por encima, sin acabar de profundizar. Me gusta lidiar con personas, la interacción humana, las emociones, “hacer el bien”. Me maravilla el mundo de Amelie, su visión del mundo. Me gustaría apreciar más las pequeñas cosas de lo que lo hago. Me gustaría dejar atrás los “me gustaría” y centrarme en mi día a día y sacarle el máximo provecho al presente.

¿Qué significa sacar el máximo provecho? ¿De dónde nos viene el sentido de la productividad? No lo veo innato, la verdad. Lo percibo como, valga la redundancia, un producto inventado para mantenernos insatisfechos. Por supuesto que una meta, un objetivo, te hace sentir más motivado para levantarte por la mañana. Pero sería precioso levantarse sin esa inquietud, necesidad, falta de algo etéreo para muchos. Levantarse asumiendo tranquilamente que hay que trabajar y que, cuanto mejor lo pasemos durante esa jornada, que son muchísimas horas a lo largo de la vida, más favoreceremos a nuestro equilibrio emocional. Y pasarlo bien no es divertirse todo el tiempo en el curro sino transitar por él como lo que es: un medio para sobrevivir y para aportar un pequeño valor añadido al mundo, tu granito de arena, con sus triunfos y caídas. Y que no lo es todo, que a menudo lo que más nos llena está fuera de él.

Cuanto más buceo por Internet sobre el tema, más fácilmente encuentro “mentores modernos”, por llamarlos de alguna manera. Ojo, no digo este término con ningún tono despectivo, más bien lo contrario. En especial, me he cruzado con dos chicas con filosofías diferentes pero mismo objetivo: aportar, a través de contenidos escritos gratuitos y luego, obviamente, otros de pago, que todo el mundo necesita comer; claves, guía, pasos para ayudar a la gente a encontrar, a descubrir sus propósitos de vida. Así lo llama una de ellas: “propósito de vida”. La otra, hallada más recientemente y cuyo realismo y autenticidad me atrae más, lo llama “tu profesión a tu medida”. Se aleja de conceptos como “propósito vital”, “vocación”, “pasión” y similares para defender la búsqueda individual de lo que a cada uno le llene asimilando que, a pesar de encontrarlo, no todo va a ser maravilloso. Ese audio me moló bastante.

Me gusta leer sus publicaciones, pero no me animo a pagar ciertas cantidades y a sumergirme del todo en este tipo de cursos. No cuestiono su utilidad, seguro que son muy interesantes. Pero no estoy en ese punto existencial. Quizá me puede el orgullo y quiera auto-explorarme por mí misma. Quizá sea demasiado agarrada como para soltar pasta en determinadas cosas. Mi madre me dijo hace poco que no me gastaba dinero en cuidarme, en este caso hablando del taxi que afortunadamente acabé cogiendo a mi llegada a Marsella, mi nuevo lugar de residencia, con una maleta de 21 kilos, otra de unos 10 y una mochila bien petada también a la espalda. Esto me lleva a una reflexión espontánea: ¿a qué me resisto a la hora de gastar dinero?

  • A pagar por taxis. Si puedo caminar, aunque sea cargando cual burra, lo hago. Pero no me importó pagar los 10 euros hace una semana, ni veintipico al llegar el mes pasado a Sevilla a medianoche. Cuestión de prioridades y de momentos.
  • A comprarme ropa. Cierto es que contar con el ropero de mi madre es un auténtico lujo. Pero antes de toparme con esa posibilidad, tampoco salir de tiendas era santo de mi devoción. Simplemente, no llevo ese impulso en mí.
  • A comprarme joyas. Pereza máxima, interés cero. Un poco como con la ropa, pero mucho más acentuado.
  • A comprarme maquillaje. Bastante me fastidia haberme aficionado al eyeliner y a no verme buena cara sin ese par de rayitas en los ojos. Me quedo con mi cara blanca, mis pecas y mis ojeras genéticas.
  • A pagar pastizales por móviles, ordenadores, etc. Más contenta que unas pascuas con mi Xiaomi y mi Lenovo.

Y así con un montón de cosas materiales. No me cuesta gastar (de manera razonable, por supuesto) en:

  • Vuelos. Sobre todo para ver a mi familia.
  • Comida. Tanto en el súper como en restaurantes. Dentro de mis posibilidades, obviamente.
  • Libros.
  • Una agenda para cada año. Eso del Google Calendar no va conmigo, bastante sabe el Internet de mí con tantas cookies, redes, suscripciones y demás. Me encanta apuntarme cosas que hacer, resaltarlas con colores y ponerles un asterisco a la izquierda cuando ya están hechas.
  • Experiencias culturales o de entretenimiento: cine, teatro, espectáculos. Un chocolate caliente, una charla, un monólogo cómico (o trágico). No hago estas cosas tanto como me gustaría. También depende de la oferta y de dónde me encuentre: en Berlín, poco hice al no entender (¡y lo que ahorré!). Culpa mía, no pasa nada, no me arrepiento de no haberme puesto a fondo. No me toca aprenderlo en esta vida, qué queréis que os diga. Después del inglés y yendo ahora a por el francés, voy servida.
  • Netflix. Aparte de no dárseme bien descargar cosas, contribuyo un poco con la industria. No me parece bien acceder de manera gratuita a tantísimos proyectos que han costado mucho tiempo, esfuerzo y dinero.

¿Y a qué viene todo esto? Pues no lo tengo claro pero supongo que en eso consiste el camino del autoconocimiento: darse vueltas a una misma, ir soltando prenda y ver qué pasa. Somos lo que hacemos. ¿Qué soy? Pues yo misma, y mi yo actual, en su diminuto egocéntrico universo, pasa de pagar por cursitos cuando puede sentarse a escribir estos parrafotes sin apenas pensárselo. Si se me acaba la inspiración, me lo pensaré.

Continuará.